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Una historia narrada es más que una historia, es el baile entre seres que juntos comparten su esencia, sus sentires y sus saberes. Es un acto de amor en el que se encuentran sueños, miedos y certezas, que nos deja una sutil huella en el corazón.
 
Cuando era niña amaba escuchar historias, y hoy adulta me maravillan los cálidos y ávidos ojos infantiles que viven intensamente cada palabra que es pronunciada.
 
¿Por qué narrar y para qué narrar? Las respuestas están situadas como prioridad en la posibilidad de crecimiento integral de quien escucha-imagina-siente, porque una historia adecuadamente narrada no es una instancia en la que se recibe pasivamente, sino muy por el contrario, el oyente en compañía del narrador va construyendo de forma personal e inigualable la historia, usando su imaginario, sus emociones, sus experiencias vividas.
 
Y desde quien narra, el por qué narrar y para qué narrar está dado también por el desarrollo integral de sí mismo en sus habilidades y sensibilidades,  siendo esto también un acto de amor intrapersonal.
 
Por consiguiente, algo en apariencia tan sencillo como contar historias constituye verdaderamente un acto complejo de desarrollo en múltiples áreas, y sobretodo de encuentro con otro.